El culto de los lapidarios: ¿Por qué es tan difícil soltar la piedra?
El banquete de los «clase B» En 1990, una novia en Boston fue abandonada justo antes de su boda. Al no poder recuperar el depósito del hotel, decidió transformar su dolor en un acto de amor: ofreció un banquete de lujo para los desamparados y adictos de la ciudad.
Al día siguiente, los periódicos titularon el evento como una fiesta para la «gente de clase B».
Este término nos recuerda que, tanto en la cultura como en la iglesia, somos expertos en poner etiquetas: una «A» de adulterio, una «D» de divorcio o una «G» de gay.
Sin embargo, Dios no nos cataloga con letras; Él nos da un nombre nuevo y un nuevo destino.
La trampa de los pecados del espíritu Históricamente, hemos dividido el pecado en dos categorías: los de la carne (como la lujuria o la embriaguez) y los del espíritu (orgullo, arrogancia, chisme). Curiosamente, nos escandalizamos profundamente por los primeros, pero a menudo disculpamos o incluso premiamos los pecados del espíritu, viendo la arrogancia como «seguridad».
Jesús, por el contrario, nunca se mostró enojado con los pecadores de la carne, sino con aquellos cuyo orgullo les impedía amar.
El legalismo actúa como un médico que señala la patología pero no ofrece terapia; nos convierte en «sepulcros blanqueados», hermosos por fuera pero vacíos por dentro.
El dedo que señala y la piedra que cae El relato de la mujer sorprendida en adulterio nos muestra a la «secta de los lapidarios» en acción.
Estos hombres usaron a la mujer como una simple carnada para atrapar a Jesús, manteniendo sus manos llenas de piedras bajo el pretexto de cumplir la ley.
Pero Jesús cambió las reglas del juego al escribir en la arena, confrontando a cada acusador con sus propios pecados ocultos.
Al final, no quedó ni un solo apedreador porque en la comunidad de Jesús no hay lugar para tirar piedras; todos estamos demasiado quebrantados.
Conclusión: Abandonar la secta Amar a alguien no significa necesariamente aprobar su conducta, pero sí implica negarse a discriminarlo o etiquetarlo.
La invitación de hoy es a realizar un acto de valentía: soltar la piedra que hemos cargado por tanto tiempo. Debemos decidir si queremos pertenecer a la familia de los que juzgan o a la familia de los que aman, aceptan y lloran con los que sufren.
